Idea del Espíritu en Fichte

 

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Germán Bravo

Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), fue ferviente continuador de la filosofía crítica de Kant y precursor tanto de Schelling, así como de la filosofía del espíritu de Hegel. Fichte es considerado como uno de los padres del llamado idealismo alemán. En Zúrich se afilió en la logia masónica “Modestia cum Libertate”, la cual también solía frecuentar Johann Wolfgang von Goethe, otro gran sabio.

Siguiendo la referencia kantiana de que el Yo empírico debe tender al Yo puro, que esencialmente es el verdadero hombre, Fichte funda su filosofía y dice: “El Yo es todo”, y le dice al hombre: “Sé el que realmente eres” (el “deber ser” kantiano).

El Yo es el fundamento de la metafísica de Fichte. Veamos su tesis. Dice: “El Yo se pone, y al ponerse pone el no Yo”. ¿Qué quiere decir esto? Esto no es más que la representación del acto de individualización del espíritu de El Todo y su envolverse en el Alma Universal; se enajena en el Yo material para afirmarse como existente, convirtiéndose en su contrario, es el Yin Yan chino.

Este transitar del Yo puro al no Yo, se produce mediante un movimiento dialéctico, que Fichte denomina Tathandlung (actividad, dinamismo). Este postulado fichteano lo desarrollará Hegel en una de sus figuras dialécticas, conocida como El Espíritu Subjetivo, la cual convirtió en su fundamento de la libertad.

Decir esto de Fichte basta y sobra para ensalzar su sabiduría, acumulada en diferentes existencias y de sus comunicaciones con los espíritus.

En una de sus obras, El Destino del Hombre, Fichte describe la experiencia que tuvo con un espíritu que se le apareció en su casa. Citemos ese conmovedor y sublime pasaje: “Una vez, hacia la media noche se me apareció una figura maravillosa que me dijo: ¡Pobre mortal, amontonas tus falsas conclusiones y cada vez estás más confundido! Te asustas de fantasmas que te has creado tú mismo. Atrévete a ser verdaderamente sabio. No te traigo nuevas revelaciones. Lo que te puedo enseñar lo sabes tú desde hace mucho tiempo, y ahora sólo debes recordarlo. No puedo engañarte. Tú mismo me darás razón en todo, y si te equivocases sería por tu culpa. Anímate, escúchame, responde a mis preguntas.” (Obra citada, p. 57). Ante esta valiente declaración, que constituye una ostensible evidencia de la existencia de los espíritus, plasmada en sus propias obras, los filósofos tradicionales la soslayan; ninguno comenta nada acerca de esto ¿Por qué? Simplemente por el prejuicio que los invade y que los conduce a decir que hablar acerca de los espíritus es propio de gente ignorante; pero Fichte no era ningún ignorante ni ningún beato religioso, era un filósofo sabio. En virtud de estas experiencias, que ya eran comunes en Fichte porque obviamente era un médium, elaboró un escrito titulado: “Crítica de toda Revelación”, y se lo presentó a su maestro Kant, quien impactado del agrado pidió a su editor que lo publicara. En un principio se pensó que la obra era de Kant; pero después, aclarada la cosa, dio gran fama a Fichte.

Esta “teoría” de Fichte (el espíritu se pone, se opone y se descompone) no es más que la representación de lo que en la antigüedad se denominó “La Caída del Alma” o la encarnación del espíritu, que deturpada por el Cristianismo se conoce como “El Verbo hecho carne”.

Concluimos diciendo que en esta dialéctica fichteana se evidencia que el Yo puro (espíritu) se niega en su no Yo (cuerpo material) y que con el tiempo y la sabiduría, restablece su condición originaria, reconociéndose a sí mismo al purificar o sublimar los instintos de su alma. El hombre al entrar en su interioridad se reconoce a sí mismo y consigo a “Dios”. Como dice Fichte: “Lo que hace la síntesis del Yo y el no Yo es el saber” (el conócete a ti mismo socrático). Saber es, por tanto, la continua superación del límite del no Yo; límite que siempre disminuye; pero que jamás desaparece, pues, estancaría la evolución del espíritu. De manera que el Yo no se contenta nunca con lo que ha alcanzado, sino que tiende siempre a lo que debe ser, ya que el Yo es tendencia infinita jamás concluida.

(Próxima entrega: El Espíritu en la Filosofía de Schelling)

Qué es el Panteísmo

-Segunda parte 2/5-

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Germán Bravo

En el siglo IV de nuestra Era, en el que se impone el Cristianismo, la Iglesia se dedica a combatir a la filosofía griega, que era el Panteísmo, a la cual consideró como una herejía porque era contraria a su religión apócrifa, que en nada tiene que ver con la sabiduría de Jesús de Nazareth.

En la Época Medieval, bajo el terror de la Inquisición, se va eliminando el Panteísmo en la medida en que va reapareciendo y se persigue y quema en la hoguera a los panteístas, así como a sus obras, tal como fue el caso del gran Giordano Bruno, siglos después. Y como si fuera poco, la Iglesia cristiana quemó la Biblioteca de Alejandría, emporio de sabiduría del mundo, donde se encontraba el Panteísmo en su prístina pureza, sobre todo en las obras de Hermes Trismegisto.

En virtud del oscurantismo impuesto por el Cristianismo durante los primeros siglos, es en el siglo XIII en que el Mundo Occidental conoce las obras de Aristóteles (Ya los árabes la conocían), la cual se impone por su abrumadora sabiduría.

El fundamento de la filosofía de este sabio es el concepto de Substancia (Ousía), con el cual fundamentó su concepción de la Divinidad, la cual concebía bajo la idea de un “Motor Inmóvil”, que no es más que el Panteísmo de Parménides. La Iglesia cristiana trató de prohibir esta sabiduría porque destruía a su dios antropomorfo, pero no lo pudo hacer por la rápida difusión y aceptación que tuvo y no le quedó otra alternativa que aceptarla, pero con la previa censura. A tales efectos, encomendó a Santo Tomás de Aquino que realizara esta labor de censura, que no fue más que una oprobiosa mistificación del panteísmo aristotélico. Este “santo” Padre desfiguró esencialmente la concepción de Substancia (Ousía) de Aristóteles, quien, en virtud de la complejidad de la misma, había hecho una escisión, concibiendo una Substancia Primera y una Substancia Segunda. La primera estaba referida a la Divinidad (To Theion), a la cual denominó Motor inmóvil; y la segunda estaba remitida a una materia sutil, denominada Éter o Alma Universal.

La mistificación que hizo Santo Tomás consistió en lo siguiente: A la Substancia Primera o “Dios” la sustituyó por el dios antropomorfo cristiano, y a la Substancia Segunda la dejó con la misma significación; es decir, como materia sutil. Esta mistificación dejó sin efecto al Panteísmo, ya que ahora “Dios” no es Substancia o Energía sino un hombre que creó al mundo.

Cuatro siglos después (En el siglo XVII) resurge el Panteísmo con Benedicto Spinoza; pero tanto el Cristianismo como el Judaísmo lo persiguen y le hacen la vida imposible a este gran misionero. El Cristianismo, que es el que detenta el poder, lo excomulga, prohíbe la lectura de sus obras y ordena la quema de las mismas; así como también ordena su persecución para asesinarlo.

Según el Judaísmo Spinoza estaba predestinado a ser un gran Rabino y así lo estaban educando; pero Spinoza cuando hizo uso de razón, abandonó esa pseuda misión y se dedicó a la filosofía.

El siglo XVIII, época de la cual se profetizó que proliferaría la sabiduría, se caracteriza por una marcada decadencia del Cristianismo debido a su inmoralidad y crímenes. En esta época se consolida el Racionalismo de Descartes, resurge el Panteísmo con Benedicto Spinoza y eclosionan las ciencias, sobre todo la Astronomía y la Física. En tal sentido, la Teología cristiana queda eclipsada por el postulado de Newton de que “El universo infinito está lleno de átomos y, por tanto, todo es materia”. En virtud que en esta época resurgía el Panteísmo, se impone en el ámbito filosófico el postulado de Spinoza “Deus sive Natura” (Dios es Naturaleza); pero debido a que la concepción de “Naturaleza” de Spinoza fue entendida como materia (la concepción de Naturaleza de Spinoza procede de Physis, de los griegos, que significa “Substancia” y no materia) la cual fue adosada al descubrimiento de Newton para formar lo que luego se conoció como “Panteísmo Materialista” (Todo es Materia). En virtud que la concepción newtoniana acababa con la concepción del dios antropomorfo de las religiones, se le añadió a la expresión “Panteísmo Materialista” el calificativo de “ateísta”, quedando de manera definitiva como “Panteísmo Materialista Ateísta”. Si bien esto constituyó un duro golpe para el Panteísmo, no obstante era necesario porque se lograba el objetivo inmediato para el cual estaba predestinada la Ciencia; tal como lo había profetizado Isaías: “Y reinarán en tus tiempos la sabiduría y la ciencia”. (…) “En aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos los ídolos de plata y los ídolos de oro que les hicieron para que adorase” (Is. 33:06 y 02:20). Coincidiendo con el decir de Arthur Schopenhauer: “El Cristianismo continuará derrumbándose por las ciencias y llegará a su fin”. Por eso fue que el Cristianismo pregonó que la Ciencia era obra del Demonio.

Aparte del perjuicio causado a la verdadera concepción del Panteísmo, esta situación perjudicó la imagen de Spinoza, quien fue tildado de ateo, aparte de las calumnias e improperios de que fue objeto. Pero eso tampoco es relevante; porque a un espíritu de su talla ni le va ni le viene, pues en nada le afecta; además, el que lea sus obras podrá ver que es uno de los tratados más importantes que se han escrito en mundo acerca de “Dios”.

Si bien el Universo está lleno de átomos, éstos no son más que energía condensada (paquetes de energía) en función de la vibración universal, tal como lo demostró Albert Einstein en su famosa fórmula E=mC2. El átomo es una materia constituida por un bajo grado de vibración de la energía única que existe en el Universo, correspondiente al primero de los tres grandes planos universales (material, mental y espiritual).
Uno de los atributos esenciales de la Substancia Única es la inmutabilidad; es decir, que no cambia ni se divide; lo que quiere decir que la Energía está dentro de cada átomo y, aun, fuera de ellos; pero esto no quiere decir que la Energía sea trascendente, ya que la misma es absoluta e infinita, lo cual determina su carácter inmanente (todo dentro del Todo). En definitiva, los átomos son simples grados de vibración de la única Energía que existe; como también lo son los corpúsculos que lo conforman.

Este es el verdadero Panteísmo, denominado “Panteísmo Acosmista”, para diferenciarlo del “Panteísmo Materialista Ateísta”, así como del Panenteísmo.

Esta concepción del Panteísmo como: Panteísmo Materialista Ateísta, influyó en toda Europa de finales del siglo XVIII y parte del XIX, en perjuicio del verdadero concepto de Panteísmo; a pesar que con las filosofías de Kant, Fichte, Schelling y Hegel, entre otros, se rescató su verdadero sentido; pero aún en nuestros tiempos estos filósofos aún permanecen ininteligibles, debido al prejuicio y a los dogmas.

Aparte de estas erróneas hibridaciones atribuidas al Panteísmo, posteriormente se le adicionaron otros errores que agravaron la confusión existente y que aparte de influir poderosamente en los medios intelectuales y académicos, también influyeron en los maestros Allan Kardec y Joaquín Trincado; de allí la razón por la cual estos Maestros combatieran al Panteísmo; pero a lo que combatieron fue al Panteísmo Materialista Ateísta y no al verdadero Panteísmo porque la concepción de “Dios” que ellos nos dan es panteísmo puro. Esto lo demostraremos con los propios argumentos de estos Maestros. Si bien con la Doctrina del Espiritismo se rescata definitivamente la concepción de “Dios” como Panteísmo, no obstante esto también resulta un poco ininteligible debido al desconocimiento de estos aspectos históricos y filosóficos.

(Próxima entrega: Qué es el Panteísmo, tercera parte 3/5).

 

Idea del Espíritu en Kant

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Germán Bravo

Immanuel Kant (1724-1804), el más grande de los filósofos del siglo XVIII, legó al mundo un sistema filosófico muy original y pletórico de sabiduría, aún muy poco entendido en nuestros tiempos, conocido como Idealismo Transcendental, basado en una Antropología Filosófica que tiene como fundamento el “Noúmeno”; es decir, la Substancia única o Espíritu. El vocablo Noúmeno deriva del término griego Nous, que significa Espíritu, Inteligencia o facultad de pensar; en la filosofía de Kant se refiere a lo inteligible, a la realidad última e incognoscible, el otro aspecto del fenómeno. Por otra parte, Kant también nos habla de La Cosa en Sí, lo cual algunos autores traducen erróneamente como sinónimo de Noúmeno; pero son conceptos diferentes. La Cosa en Sí, a diferencia del Noúmeno en que ésta es una cosa material emanada del Nóumeno, la Divinidad, la Esencia (Ousía), la Substancia Única; mientras que La Cosa en Sí es la materia quintaesencial, la materia más pura o sutil que existe; es el Éter, que en la actualidad la Física Cuántica ha demostrado y denominado Bosón de Higgs o “Partícula de Dios”. Siendo La Cosa en Sí diferente del Noúmeno, sin embargo son iguales en naturaleza; de allí la expresión hegeliana: “Es una diferencia que no es diferencia”. Esto lo trata Kant en su Dialéctica Transcendental.

Aterrizando un poco, diremos que la filosofía de Kant está representada en el humanismo de la cultura. Veamos cómo la concibe Manuel García Morente, en su obra La Filosofía de Kant: “En la historia de la filosofía se llama idealismo a la tendencia general que quiere explicar la cultura en función del espíritu. La raíz de la cultura está, pues, en esas leyes del espíritu, en el espíritu mismo (…) Kant representa en el más alto grado esta tendencia y pide al hombre que realice su esencia, que sea el que realmente es”. Esta es la filosofía de Kant, la Filosofía del Espíritu… ¡Alta sabiduría!
En función del Noúmeno, Kant fundamentó su concepción de la libertad y de la moralidad. Decía que libertad es: “Estar disponible para el cumplimiento de la Ley”; pero no se refiere Kant a una Ley externa, a un “Dios” externo, sino a la Ley que el hombre lleva dentro de sí mismo, representada en su espíritu como parte de la Divinidad y, aun, como la Divinidad misma. Esta idea kantiana es concebida por el maestro Joaquín Trincado exactamente en la misma forma. Al respecto dice:: “El espíritu es causa única con su Padre en la eterna Creación y como Él, eterno y por tanto, ES EL MISMO CREADOR… y busca el hombre al Creador, a su causa, fuera de sí mismo, radicando en él en parte y por ENTERO”. (Conócete a ti Mismo, Naturaleza del Espíritu, p. 52).

En función de este postulado, Kant basó la autonomía del hombre (auto, por sí mismo; y nomo, ley); es decir, la capacidad que tiene el hombre de dictarse la ley por sí mismo, porque él es la Ley. Si bien el maestro Trincado objeta la autonomía kantiana, es evidente un error formal, pues él concibe exactamente como Kant la inmanencia de “Dios” en el hombre; incluso el Maestro es más enfático y tajante al afirmar que el Creador radica en el hombre “EN PARTE y POR ENTERO”. Además, como el Espíritu es absoluto e inmutable, no se puede concebir al espíritu humano como individualidad; pero que de hecho “existe”. Esta es la misma diferencia a que hemos mencionado anteriormente; pues, los espíritus también son emanaciones de Lo Uno. De manera, que cuando el hombre descubre que la Ley mora en él y la acata, está acatando su propia ley, porque él es la misma Ley, entonces se dice que es libre y, por tanto, moral; por eso Kant nos habla de su “Imperativo Categórico”, definido de la siguiente manera: “Obra de tal modo que puedas querer siempre que la máxima de tu acción sea una ley universal”. Pero esto sólo es posible cuando el hombre adquiere un conocimiento eficiente que le permite obrar de tal manera, y así dominar las pasiones de su alma; entonces surge la moralidad y, en consecuencia, la libertad. Este es el fundamento metafísico de la libertad, sintetizado por el maestro Trincado en una de sus máximas: “Se señor de ti mismo y esclavo de tu deber”.

Por otra parte, dice Kant que la moralidad radica en la máxima de la acción y no en la acción misma; pues la máxima de la acción es el querer del espíritu (la Ley), y ese querer está en función del conocimiento y la voluntad del hombre, que es lo que hace surgir al espíritu de las profundidades del alma. Sólo quien realiza los designios de su propio espíritu, cumple con sus deberes morales. De manera, que si no hay conocimiento (mejor, sabiduría) no puede haber moral, mucho menos libertad. Queda entendido que el hombre inmoral es esclavo de sus pasiones. La moral kantiana es la “Moral intelectualista”; pues la moral consiste en el discernimiento entre el Bien y el Mal y optar por el Bien. Además, “El que no hace el Bien es porque no lo conoce”. Y como es obvio, es imposible el discernimiento sin el conocimiento; así como es imposible una conducta moral si no hay una voluntad que ejecute el conocimiento y reprima las tendencias pasionales. En virtud de la gran dificultad que esto involucra, Kant lo denominó “el deber ser”; cosa que no pudo entender ni siquiera Hegel, quien hizo duros comentarios a esta expresión de Kant.

El que odia y causa perjuicio a su prójimo no sabe que está “odiando y perjudicando” al Creador y, por ende, a sí mismo. De allí que coloquialmente se diga que el odio envenena la sangre (leer a Masaru Emotu). De manera que la xenofobia, el sectarismo, el racismo y el odio en general, son síntomas de una perturbación psíquica, de un desequilibrio en el alma. Nuestra ignorancia y nuestra soberbia no nos permiten reconocer nuestras debilidades (La pasión es un ofuscamiento de la razón), de allí que estos síntomas se conviertan en patologías que nos producirán mucho dolor y sufrimiento; pero como no hay mal que por bien no venga, son precisamente el dolor y el sufrimiento los que se encargarán de despertar nuestras conciencias para que nos reconozcamos como hermanos que somos. No hay otra salida. Kant, adelantándose a su tiempo, nos habló de esto y lo tipificó como “patologías morales”.

Como consecuencia del gran engaño espiritual que había causado el Cristianismo, en el siglo XVIII se exacerbó el racionalismo que había surgido en el Renacimiento, llegando al extremo de que el hombre ilustrado no quería saber nada de dioses ni de santos ni aun de ESPÍRITUS ni de nada que tuviera que ver con el “más allá”, consolidándose la doctrina materialista y surgiendo el ateísmo. Esto trajo como consecuencia que el hombre se alejara de “Dios”; pero con la agravante que el hombre no conocía a “Dios”. A revertir esta situación vino Kant. En su obra “Crítica de la Razón Pura” demuestra los errores de la Razón y la posibilidad de la Metafísica, que había sido despreciada; y en su “Crítica de la Razón Práctica” nos expone sus tres postulados fundamentales de la espiritualidad: la libertad humana, la Inmortalidad del alma y la existencia de Dios, a las cuales considera como exigencias de la razón pura.

Esta sabiduría de Kant allanó el camino para las teorías panteístas de Fichte, Schelling y Hegel, entre otros, quienes fundamentaron sus sistemas filosóficos en el Espíritu, como posteriormente veremos. Respecto de Kant, como baluarte del Siglo XVIII, dice el maestro Joaquín Trincado: “No merece menos este benefactor de la humanidad que pediros a los estudiantes que estas máximas las recordéis en su nombre, pues desde él empezó el progreso abierto y descubierto” (Filosofía Austera Racional, Kant y su Criticismo, p. 182. ¡Eso estamos haciendo! Maestro.

(Próxima entrega: El Espíritu en la Filosofía de Fichte)

Qué es el Panteísmo

Primera parte 1/5

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Germán Bravo

Bien, entrado en el Siglo de la Luces (siglo XVIII), comienza el resurgimiento formal de la verdadera concepción de “Dios” (el Panteísmo); que no es más que el rescate de la antiquísima idea legada por las grandes civilizaciones del pasado, como fueron India, China, Egipto, hebreos y Grecia, entre las más importantes; las cuales concibieron a “Dios” como Substancia, Esencia o Energía, a la cual, en el siglo XVIII se le dio el nombre de Panteísmo.En esta época los buenos filósofos encienden esta potente Luz, en contraposición al oscurantismo impuesto por el Cristianismo durante mil años consecutivos, mediante el crimen y el terror.

Si bien en el siglo XVII ya Benedicto Spinoza la había expuesto magistralmente; el Cristianismo intentó impedirla prohibiéndola y quemando las obras de este extraordinario sabio; aparte de la persecución que le hizo para matarlo. Aunado a esto y en virtud que en esta época primeramente se impone Newton con el atomismo, es por ello que cuando entramos en el siglo XVIII casi nadie conoce a Spinoza, mucho menos su Filosofía; pero algunos círculos intelectuales que poseían y estudiaban sus obras, la difunden a duras penas. En la segunda mitad de este siglo XVIII ya existía más libertad y la difusión del Panteísmo era más amplia y no existía la Santa Inquisición que pudiera quemar vivos a estos difusores del Panteísmo. Esta difusión originó en los círculos intelectuales lo que se conoció en este siglo como “Las Disputas del Panteísmo”; de la cual surgieron dos concepciones totalmente diferentes al verdadero Panteísmo. La primera de ellas estaba constituida por un Panteísmo materialista y ateo, surgida como consecuencia de la influencia de Newton; la segunda estaba constituida por una nueva tesis surgida, conocida como “Panenteísmo”, derivada de una conciliación del Panteísmo con el Teísmo, realizada por filósofos cristianos. Pero lo importante de todo era que en las esferas de la intelectualidad ya el Dios antropomorfo de las religiones (el dios hombre) había llegado a su fin… como luego dijo Nietzsche: “Dios ha muerto”. Este era el objetivo primario de la Justicia; lo demás vendría con más calma; pero llegó.

Para tratar de dilucidar el galimatías originado por “Las Disputas del Panteísmo”, haremos algunas precisiones filológicas, históricas y filosóficas, ya que son de suma importancia para la interpretación del Panteísmo y para la comprensión de la concepción de “Dios” de la Doctrina del Espiritismo, que es adonde queremos llegar. El término pantheist (panteísta) fue utilizado por primera vez por el filósofo John Toland en el 1705, en su obra “Socinianismo Verdad Declarada” (Socinianismo es una palabra derivada del reformador L. Socino, quien negó la Trinidad y la divinidad de Jesús de Nazareth); y el término pantheism (panteísmo) por J. Fay, en “Defensa a la Religión”, en el año 1709. Ambos autores entendían por Panteísmo que “Dios y el mundo son la misma cosa”, de donde surgiera la clásica definición de Panteísmo, conocida como: “Dios se identifica con el mundo y el mundo con Dios”. Entiéndase mundo como Kosmos, Universo.

Si bien el término panteísmo fue acuñado en el siglo XVIII, la idea de que “Dios y el mundo son la misma cosa” es muy antigua y constituye el fundamento de la sabiduría de las grandes civilizaciones del pasado, especialmente de la India, China, hebreos, Egipto y Grecia. En estas culturas se concebía a la Divinidad como Substancia infinita de la cual emanaron todas las cosas que existen en el Universo. En la India la denominaron Brahman; en China Tao; en los hebreos YHWH (IHWH); en Egipto Pthat; y en Grecia, Physis y Ousía. La etimología del término panteísmo procede de las voces griegas pan, que significa todo; y theos, Divinidad, y ha sido traducido como “Todo es Dios”; pero, precisando, la traducción correcta es “Todo es Divinidad”, que es muy diferente que decir “Todo es Dios”, ya que el concepto Dios tiene un carácter antropomórfico; es decir, está referido a un hombre; mientras que la Divinidad es impersonal y está referida a la Esencia que hace posible todas las cosas que existen en el Universo.

La Divinidad en los antiguos griegos es “To Theion” que significa “Lo Divino”, concebido como “Physis” (Naturaleza) o “Substancia” (Ousía)… lo único que existe en el Universo: LO UNO, el cual tiene las siguientes características: es impersonal, absoluto, infinito, eterno e inmutable; mientras que el concepto dios está referido a un hombre que creó al mundo; donde dios y su creación son totalmente diferentes; es decir, un Dualismo. En definitiva, la traducción etimológica de Panteísmo es “Todo es Divinidad”; y no “Todo es Dios”; pero debido a la complejidad del tema, y a los efectos didácticos, usaremos algunas veces el término “dios”.

A partir de Spinoza se hizo famoso el axioma “Solo existe una Substancia Única”, que es a lo que algunos sabios han denominado “Dios”. Con ello Spinoza rescataba la esencia de la Substancia, la cual había sido tergiversada por Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII. Con este “santo” padre la Substancia pasó a significar “materia”; cuando la etimología de este término procede de sub, debajo; y stare, estar; que significa: “lo que está debajo de…”. Y lo que está debajo de… es la ESENCIA; es decir, el substractum que hace posible todas las cosas que existen el Universo; la causa de las mismas. A esto es a lo que se ha llamado “Dios” desde muy antiguo, lo cual es totalmente diferente a lo que las religiones conciben como Dios. Respecto a la tergiversación que hizo Santo Tomás de Aquino la expondremos más adelante. Es importante destacar que la significación de la Divinidad como Substancia o Energía deriva de la prehistórica idea de “aliento”, “soplo” o “exhalación”, que es la raíz etimológica del término “espíritu”, y de allí las tradicionales concepciones: “Dios es Espíritu” y “Todo es Espíritu”, que es el principio del Panteísmo, difundida por todos los grandes sabios a través de todos los tiempos, como fueron Hermes Trismegisto, Thales de Mileto, Anaxágoras y Jesús de Nazareth (Jn. 04:24), por señalar algunos.

Tan universal y axiomática es esta concepción de Substancia Única, que la Física moderna la ha demostrado diciendo que “La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”; que “La energía es igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz” (E = mC2). Como dato curioso, decimos que cuando a Einstein, después de terminada una conferencia, le preguntaban si creía en Dios, a lo que él respondía: ¡Creo en el Dios de Spinoza!; es decir, era panteísta.

 (Próxima entrega: Segunda parte 2/5)

El Espíritu en el Siglo XVIII

-Siglo de las Luces-

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German Bravo

Después de diez largos siglos (del V al XV) de oscurantismo religioso impuesto por el Cristianismo mediante el terror y el crimen, en la que se sumió a la humanidad en una profunda ignorancia, surge en los siglos XV y XVI el Renacimiento Clásico, en el cual comienzan a aparecer las obras de la sabiduría antigua, sobre todo la greco-latina, la cual va a constituir el cimiento cognoscitivo de este siglo XVIII, para dar cumplimiento a las profecías que anunciaron la aparición de la sabiduría en los tiempos modernos: “… y los siglos serán treinta y seis, desde que escribiré mi Ley, hasta que la tierra lo sabrá. Y de este siglo, mis hijos serán de luz, porque verán la luz de su Padre, que les darán mis espíritus” (Cláusulas 15 y 16 del Testamento Secreto de Abraham).

Según el texto de esta profecía los 36 siglos comenzarían a contarse a partir de Moisés, quien fue el que escribió y dio la Ley, tal como lo señala el texto bíblico, cuando dice: “Pues la ley por medio de Moisés fue dada” (Jn. 01:17; 07:19).
Este tiempo de 36 siglos tiene la característica que se va a suceder en dos eras diferentes, la Era Adámica y la Era Cristiana. En este sentido, vamos a encontrar que el mismo se fracciona en dos tiempos y, casualmente, en dos fracciones exactamente iguales. La primera fracción, de 18 siglos, correspondiente a la Era Adámica, transcurre desde Moisés hasta Jesús de Nazareth, que es cuando culmina esta Era y se inicia la Era Cristiana, a la cual le corresponde la otra fracción de los otros 18 siglos, para completar los 36 siglos; que el hombre de esta época denominó “Siglo de las Luces” ¿Coincidencia?. Consolidando esta “Coincidencia” el Profeta Daniel había dicho: “… y será por tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo” (Dn. 12:04-07). Tal como lo hemos descrito, el “tiempo” a que alude Daniel son los 36 siglos, pero en virtud que el mismo comprende dos eras diferentes, por eso nos habla de “tiempos”, que son dos, y, como es obvio, el tiempo se consumaría en la segunda mitad del segundo tiempo, que culmina en el siglo XVIII, que es a lo que se refiere Daniel cuando dice “… y la mitad de un tiempo”.

Finalmente, el Profeta Isaías nos había dicho: “Y reinarán en tus tiempos la sabiduría y la ciencia” (Is. 33:06). “En aquel día arrojará el hombre a los topos y murciélagos los ídolos de plata y los ídolos de oro que les hicieron para que adorase” (Is. 02:20). Esto se concretó con las ciencias que proliferaron en el siglo XVIII, con Newton, Galileo, Lavoisier, Benjamín Franklin, Linneo, Volta, Lamark y otros. Y respecto a arrojar los ídolos que nos hicieron para que adorásemos, esto se cumplió con la aparición de la Doctrina del Espiritismo.

En definitiva, es claro  porqué se denominó al siglo XVIII “Siglo de las Luces” o “Siglo de la Ilustración”. Veamos que nos dice Internet al respecto: “Se denominó de este modo por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la ignorancia de la humanidad mediante las luces del conocimiento y la razón. El siglo XVIII es conocido, por este motivo, como el Siglo de las Luces”.

De manera que en el siglo XVIII se produce una eclosión de sabiduría en todos los órdenes del saber humano, sobre todo en la Filosofía y las Ciencias. Fue tal su evidencia que la expresión: “Siglo de las Luces” fue utilizada para significar que emergíamos de siglos de oscuridad e ignorancia hacia una nueva Era, iluminada por la Razón (Racionalismo), la cual se convierte en un poderoso instrumento para la búsqueda de la Verdad.

Esta época de luces se consolida el Método Cartesiano (La Duda Metódica y el Racionalismo), en contraposición al ciego dogmatismo del Cristianismo. Con este Método y la Razón, se da lugar al fortalecimiento de las Ciencias, las Artes y la Filosofía. La Ciencia se impone con el legado de Isaac Newton (1642-1727) y queda desterrado el dogma del geocentrismo bíblico impuesto por espacio de mil años por la Iglesia cristiana. A nivel filosófico, en su primera etapa, se impone el Empirismo en Inglaterra porque el hombre ilustrado no quiere saber nada de religiones, de dioses ni de santos ni de vírgenes NI DE ESPÍRITUS (Esto último fue necesario en virtud del enlodazamiento que hizo el Cristianismo al Espíritu).

En Francia, la otrora centro de la Escolástica (Ahora la ciudad luz), surgen los enciclopedistas Denis Diderot, D´Alembert, Voltaire, Montesquieu, Rousseau y la Revolución Francesa, bajo los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, influidos por la Francmasonería. En Alemania se impone la Aufklärung (Ilustración) con el Idealismo transcendental, con Emmanuel Kant a la cabeza y representantes como Fichte, Schelling, Hegel y Arthur Schopenhauer. Este último nos dijo: “El Cristianismo continuará derrumbándose por las ciencias y llegará a su fin”. Por eso es que el Cristianismo pregonó que la Ciencia era obra del Demonio. Aún en nuestros tiempos el sector cristiano protestante sigue predicando este absurdo.
El Siglo XVIII fue una verdadera revolución cognoscitiva a todo nivel ¡Quedó cabalmente cumplida la Profecía!

Por otra parte, en América Latina están los próceres de la independencia, liberándola del yugo español para el cumplimiento de su destino como la tierra prometida.
Es obvio que estos tiempos no se refieren específicamente a un siglo determinado, sino a un período de tiempo, el cual comenzó en la segunda mitad del siglo XVIII y se extendió hasta el siglo XIX, que concretamente es “el período de la luz plena”, en el cual surge La Doctrina del Espiritismo con el maestro Allan Kardec (El maestro Joaquín Trincado denomina siglo de las Luces al siglo XIX).En esta época de Luces, se consolida la concepción de “Dios” como Espíritu, sustentada en el Panteísmo, tal como lo expusieron y pregonaron los más connotados filósofos de esta época; tales como Kant, Fichte, Schelling y Hegel, entre otros; pero, sobre todo, por el maestro Allan Kardec, quien sabiamente nos dijo: “Dios es la inteligencia suprema y causa primera de todas las cosas. (…) Dios es eterno, infinito, inmutable, inmaterial y único. (…) Esas imágenes en que se representa a Dios bajo la figura de un anciano de larga barba y cubierto con su manto, son ridículas. (…) Dios está en todas partes (…) Los hombres en su actual estado de inferioridad, difícilmente pueden comprender a Dios infinito. (…) Representémoslo bajo la forma concreta de un fluido inteligente que llena el universo infinito y penetra todas las partes de la creación. (Extractado de las obras: El Libro de los Espíritus, parágrafos 1 al 13; El Génesis, páginas 55-69 y Obras Póstumas, parágrafo 01).

Sin lugar a dudas, “Todo es Espíritu” porque “Dios es Espíritu”: Única Substancia que existe.

En conclusión, con la doctrina del maestro Allan Kardec se consolida el Panteísmo: Todo es Dios, expuesto por los grandes sabios a través de todos los tiempos, sobre todo por Hermes Trismegisto. Aunque el maestro Kardec (al igual que el maestro Trincado) se opone al Panteísmo, demostraremos con sus propios argumentos, que el Espiritismo es Panteísmo puro. Esta oposición que hacen estos Maestros fue debida a la influencia negativa que recibieron de la tergiversación de que fue objeto el Panteísmo a finales del siglo XVIII. A los efectos pedagógicos y didácticos, es de necesidad exponer ¿Qué es el Panteísmo? lo cual haremos en cinco entregas y luego continuaremos con los filósofos más relevantes del siglo XVIII.

(Próxima Entrega: Qué es el Panteísmo 1/5)

El Espíritu en la Filosofía Moderna

Benedicto Spinoza

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Germán Bravo

Después de la gran labor e influencia de la filosofía de René Descartes, aparece el sabio Benedicto (Baruch) Spinoza, quien consolidará el conocimiento de la Substancia. Spinoza, partiendo de elementos de la sabiduría de Hermes Trismegisto, de la Kabbalah hebraica, del Estoicismo y del Cartesianismo, crea un sistema filosófico pletórico de sabiduría que él denominó “La Substancia Divina”, que expresa la concreción de la sabiduría ancestral, que influirá poderosamente en todos los grandes filósofos posteriores. En el siglo XVIII esta sabiduría de Spinoza se conoció como “Panteísmo Moderno”.

Descartes había considerado la existencia de tres substancias: la Substancia Infinita o “Dios”; la substancia pensante (Res cogitans) y la substancia material (Res extensa); pero Spinoza reduce estas tres substancias a una sola, denominándola La Substancia Divina infinita, a la cual identifica con su famoso postulado “Deus sive Natura”; es decir, “Dios es Naturaleza”.
El concepto “Naturaleza” a que se refiere Spinoza es el procedente de la concepción griega Physis y no al concepto naturaleza que se utilizó en el resto del mundo occidental a partir de Santo Tomás de Aquino, quien lo circunscribió a “una cosa material”. Physis, a su vez, procede de la sabiduría de Hermes Trismegisto, quien en su “Principio del Mentalismo” nos dice lo siguiente: “Este principio encierra la verdad de que El TODO es la realidad substancial o Espíritu que se oculta detrás de todas las manifestaciones y apariencias del universo material. Substancia significa lo que yace oculto bajo toda manifestación externa, la realidad esencial, la cosa en sí misma” (El Kybalión, p. 19). El vocablo “mente” procede del latín “mens”, que significa “Espíritu”; de manera que el sabio Hermes nos dijo que “Todo es Espíritu”, la única Substancia que existe. Este Principio de Hermes encierra toda la sabiduría del mundo y es la que desarrollará Spinoza.

La filosofía de Spinoza no se ocupa de otra cosa que de Dios; pero esto, que podría parecer una nueva Teología, no es sino el estudio metafísico de la Substancia en los términos antes descritos y no en los términos de Santo Tomás de Aquino, quien la desfiguró al tergiversar la filosofía de Aristóteles en el siglo XIII de nuestra Era.

La Filosofía de Spinoza es un saber acerca de Dios: Amor Dei Intellectualis (Amor intelectual a Dios). Este benefactor de la humanidad nos dice que la Substancia existe por sí misma y que es productora de toda la realidad material. De manera, que Dios y el mundo son idénticos. Su concepción de Dios es la siguiente: “Por Dios entiendo a un Ente absolutamente infinito; esto es, una Substancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita”. Asimismo, agrega: “En todas las formas del ser está presente la Substancia, por tanto, ésta no es algo distinto de Dios; por eso el Ser es UNO y MÚLTIPLE a la vez. Dios no es más que el Ente en cuanto tal, la forma plenaria de la Substancia (…) Dios es causa inmanente de todas las cosas, todas las cosas son en Dios” (De su obra: La Ética Geométricamente Demostrada, Definición VI).

Esta sabiduría de Spinoza se conocerá en el siglo XVIII como Panteísmo Moderno o Monismo inmanentista (La Unidad en la multiplicidad).

En virtud de la incomprensión de esta Unidad Múltiple, Spinoza, en sentido didáctico, tuvo que hablarnos de dos clases de substancias; a tales efectos, nos dijo: Las cosas materiales son Natura Naturata; mientras que la Substancia Divina es Natura Naturans, que comprende absolutamente todo. De manera que todo es Dios.

La filosofía de Spinoza recopila lo mejor de la Kabbalah hebraica, de Escoto Eriúgena, de la metafísica de Maimónides, del maestro Eckhart y de Giordano Bruno; aparte de aportar la sabiduría que traía en su alma, como espíritu de luz que es.

Por esta concepción de “Dios” como Substancia Divina, Spinoza fue perseguido y marginado por las religiones de ese entonces, tales como judíos, católicos y protestantes; se le trató de asesinar, se profanó su tumba y se trató de que se le olvidara en la historia del pensamiento.

Nos dice Spinoza que somos individuos (in-divisos) integrantes de esa única Substancia indivisible, infinita e inmutable. Esto fue lo que nos quiso decir el maestro Jesús de Nazareth en su parábola: “Y en aquel día vosotros entenderéis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn. 14:20).

Trescientos años después de haber sido acusado de hereje y excomulgado por la Iglesia cristiana y de haber recibido toda clase de insultos de parte de judíos, católicos y protestantes, Spinoza recibió el más valioso homenaje que a mortal alguno se le haya hecho, lo cual demuestra que su filosofía entraña una verdad que es ahora que la humanidad ha comenzado a comprender. Al respecto el maestro Joaquín Trincado dijo lo siguiente: “La pureza de estos principios de Baruch (Spinoza) no pueden entrar en todas las conciencias (…) Baruch labra una piedra valiosa al Espiritismo” (Filosofía Austera Racional, Spinosa y Leibnitz, p. 156-157). Esta opinión del maestro Trincado es de vital importancia; pues, está diciendo que el Panteísmo de Spinoza es parte de la base cognoscitiva del Espiritismo (no puede ser de otra manera). Decimos esto porque en las obras del maestro Trincado, así como en las del maestro Kardec, vamos a encontrar que ellos se oponen al Panteísmo; pero esto lo trataremos cuando nos refiramos a sus concepciones de “Dios”, que será muy pronto.

Veamos otras opiniones acerca de Spinoza de eminentes pensadores: “Spinoza es el más puro de los sabios, su sistema de moral es el más perfecto del mundo” (Friedrich Nietzsche); “Toda la ciencia moderna, sobre todo la Física, se basan en la esencia de la filosofía de Spinoza” (Belford Bax); “Cuando todos los hombres se dediquen a buscar a Dios, como lo ha hecho Spinoza, presenciaremos la redención de ambos mundos” (Schleiermacher); “Nadie ha llegado a comprender mejor a Dios que Spinoza” (Novalis); “Cuando los hombres lleguen a estar lo suficientemente adelantados para comprender a Spinoza, reconocerán que este sabio es uno de los más grandes héroes que ha tenido la humanidad” (Anatole France); “Creo en el Dios de Spinoza” (Albert Einstein). Loor a este gran sabio, nuestro respeto y admiración para él.

Después de la muerte de Spinoza, sus contemporáneos, temerosos de la debilitada Santa Inquisición, lo olvidaron; en Alemania lo ignoran; en Francia se burlan de él; y en Inglaterra lo injurian. Esto trajo como consecuencia que cuando entramos en el siglo XVIII, Spinoza es un gran desconocido y sus obras no existen porque fueron quemadas por la Iglesia; sólo las poseían algunos selectos círculos intelectuales, de manera oculta, ya que estaban prohibidas por la Iglesia.

Aunado a esta detracción de la filosofía de Spinoza, en la segunda mitad de este siglo, en que comienza a resurgir el Panteísmo, surgen las afamadas “Disputas del Panteísmo”, de las cuales surgió un Panteísmo apócrifo que se impuso académicamente. No obstante a ello en los selectos círculos intelectuales se difundía el Panteísmo de Spinoza; ya sus obras habían sido nuevamente editadas; pero académicamente privaba el Panteísmo apócrifo. Quizá esta fue la razón influyente para que los maestros Kardec y Trincado rechazaran al verdadero Panteísmo.
En definitiva, el Panteísmo de Spinoza sentó las bases de la Luz que había sido profetizada por Abraham:  “ … y de este siglo mis hijos serán de luz porque verán la luz del Padre que les darán mis espíritus”.

Próxima entrega: el Espíritu en el siglo XVIII.

Continuaremos el próximo 7 de enero del año entrante, después de un merecido descansito y para que ustedes disfruten los días decembrinos ¡Felices Pascuas y Próspero año nuevo! Paz y Amor.

Formación de la Conciencia

(Cuarta parte 4/5)

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Germán Bravo

En la antigua Grecia algunos filósofos habían planteado que la conciencia moral es atribuida a una entidad divina; decían que lo Divino (To Theión) ha depositado en el hombre, lo que en la lengua latina se popularizó como “la scintilla conscientiae (la chispa de la conciencia), la cual permite evaluar si un acto es justo o injusto. Al respecto decía Sócrates que él tenía un Daimonio (espíritu) que lo aconsejaba en los momentos difíciles y que este Daimonio le decía no lo que debía hacer, sino lo que no debía hacer. Esto es a lo que se ha denominado “la voz de la conciencia” o “la conciencia moral”; pero una voz que no se escucha porque viene de dentro de la misma persona (su propio espíritu); pero que se hace entender ante el yo corpóreo, quien tendrá que obedecerla inexorablemente porque si no le traerá graves consecuencias patológicas sin que la persona se dé cuenta.

Según el Psicoanálisis, la desobediencia a la voz de la conciencia produce el siguiente efecto: “El súper yo (espíritu) muestra entonces una particular severidad y hace al yo objeto de sus iras, a veces extraordinariamente crueles (…) El yo histérico se defiende contra la percepción penosa que le amenaza por parte de la crítica de su súper yo (…), lo que el yo considera como un peligro” (Sigmund Freud: El Yo y el Ello).

Aristóteles identificaba a la conciencia moral como Phrónesis; es decir, la sabiduría práctica, la virtud del pensamiento moral.

En la Edad Media algunos pensadores concebían a la conciencia moral como sindéresis; esto es, como la capacidad innata que tienen los seres humanos para decidir rectamente.

El genio del siglo XVIII, el conspicuo filósofo Emmanuel Kant, moralista por excelencia, le tocó la delicada misión de rescatar la Verdad, opacada por el Cristianismo y por el Empirismo inglés. Su concepción de la conciencia está encerrada en su famoso imperativo categórico, cuyo tenor es el siguiente: “Haz que la norma de tu conducta coincida con la Ley Universal que mora dentro de ti”. Según Kant, esta Ley Universal es el “conocimiento a priori puro” que mora en las profundidades de las almas de los seres humanos, en nuestros Inconscientes, como diría Sigmund Freud.

Este conocimiento, no tiene acceso al yo corpóreo, pero lo condiciona en cuanto a los valores del Bien, la Justicia, la Verdad y el Amor. Este es el Imperativo categórico que se impondrá de manera impretermitible en todos los seres humanos; pero no es una imposición de ningún dios externo; sino la imposición de nuestro propio querer, de nuestro propio espíritu, porque somos una parte de “Dios”.

Kant, en su Teoría de los Esquemas, en un sentido bioneurofisiológico, dirigido metafísicamente, nos dice lo siguiente: “Los hechos y cosas del medio ambiente los percibimos mediante un caos de sensaciones que penetran por nuestros sentidos y son ordenadas por el Entendimiento en el espacio, el tiempo y la causalidad, produciendo una imagen o representación y le asigna un concepto, que bien puede ser sensible o puro” (Kant: Crítica de la Razón Pura).

Esta imagen o representación actúa de manera instantánea en nuestro Preconsciente y en nuestro Inconsciente, donde están depositados todos nuestros conocimientos adquiridos en la presente existencia, así como en vidas pasadas, y producen un nuevo pensamiento, el cual produce a su vez una emoción que activa nuestro sistema endocrinológico.

Este nuevo pensamiento o idea es elaborado a nivel consciente, en función de los conocimientos, experiencias, creencias y valores que están depositados en nuestro Preconsciente, los cuales hemos adquirido en la presente existencia; pero el mismo, en su elaboración, es complementado por el conocimiento y experiencias que hemos adquirido en vidas pasadas. Terminado este proceso, la idea o pensamiento es evaluada por nuestro Súper Yo o espíritu, en función de los valores universales del Bien, la Justicia y el Amor; que es el conocimiento a priori puro o conceptos puros del Entendimiento, determinantes de los valores morales. En tal sentido, nuestro Súper Yo o espíritu pude aceptar o rechazar este nuevo pensamiento o idea. Si lo llegare a rechazar, pero que el yo corpóreo se identifica con ese pensamiento, no hace caso al Súper Yo y lo ejecuta porque tiene libre albedrío. Esta desobediencia del yo corpóreo, si se tornare recurrente, se producirá un conflicto psíquico como consecuencia de los remordimientos de conciencia y compunciones; presentándose síntomas como la angustia, insomnio, etc., que posteriormente producirán una patología.

Esta sintomatología es producida por emociones que actúan en la región límbica del cerebro, distorsionando el funcionamiento del sistema endocrinológico, afectando el funcionamiento de los órganos del cuerpo y debilitando el sistema inmunitario, dejando a la persona propensa para cualquier patología. Son las llamadas enfermedades morales, que además de producir desequilibrios mentales producen patologías físicas, incluido el cáncer; así como también inducen al suicidio.

Pero si el yo sensible acepta el dictamen de su Súper Yo o espíritu, lo cual depende del conocimiento espiritual que tenga la persona, se activa una emoción que produce un estado de fruición o euforia, traducida en una gran satisfacción, tanto para el yo sensible como para el Súper Yo o espíritu, produciendo un equilibrio armónico en el alma, así como en el sistema endocrinológico, trayendo consigo la salud mental y física y un estado de felicidad o eudemonología, como lo denominara Arturo Schopenhauer.

En definitiva, el conocimiento a priori (anamnesis) siempre interviene en nuestras deducciones, inducciones y analogías; mientras que la intervención del conocimiento a priori puro va a depender del grado de acrisolamiento que tenga la persona en su alma, para que pueda manifestarse el Bien, el Amor, la Justicia, la Sabiduría y la humildad. Si el alma está desequilibrada o enferma (muy densa por los vicios y pasiones) no habrá conciencia moral porque la densidad no deja fluir las virtudes del espíritu; es decir, se dificulta la influencia de la sabiduría potencial del espíritu, que aún es prisionero de las pasiones. Esto lo condensa el maestro Joaquín Trincado cuando dice que la conciencia surge cuando el hombre domina sus instintos. De manera que dominar instinto implica purificación del alma, y la purificación del alma facilita el accionar del espíritu, que es el verdadero yo.

En conclusión, la conciencia se magnifica cuando el hombre se conoce a sí mismo, cuando sabe que “Dios” mora dentro de él EN PARTE y POR ENTERO; entonces hace suyo el imperativo categórico; entonces, el hombre ya no está en la Ley, ¡Él es la Ley! Así lo concibe el maestro Joaquín Trincado cuando dice: “¡Y busca el hombre al Creador, su causa, fuera de sí mismo, radicando en él en parte y por entero!” (Conócete a ti Mismo, Naturaleza del Espíritu, p. 53, Párr. 3ro.). “Ama a tu hermano, que amando a tu hermano amarás a Eloí, padre común. (…) ¿Dónde tienes los medios? En el Espiritismo Luz y Verdad, que es el credo de todos los mundos y es la verdad suprema.” (Código de Amor Universal, El Amor da Plena Libertad a los Seres, p. 123, párr. 2.). Esta idea también se expresa en las Escrituras cuando dice: “El que dice que está en luz y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1ra Epist. Sn. Juan Apóstol 02:09).

(Próxima entrega: Quinta y última parte 5/5)